RUIDOS MOLESTOS

Quiso porque sí hablar de todo lo que nunca había dicho, una frase atrás de la otra, sin respirar, poniéndose blanco o morado por instantes, falto de juicio y sin pestañear, pero también sin llorar. El sol subió y bajó del cielo cinco veces y Pedro no se vaciaba, tanto era lo que había guardado y no paraba de brotar. Por fin sus vecinos consiguieron hacerlo dormir mientras el sexto amanecer surgía lejos. Después de eso no habló más, fue inútil querer sacarle siquiera otra palabra, y las últimas que dijo fue “y no disparen que hay más” y soltó el megáfono en el pasto.

2 comentarios:

Paquirro dijo...

juajuajuajuajuajuajuajua!

Anónimo dijo...

Possante dice:
El ciego es un poroto!